Viaje por Cuba en 10 etapas
Matanzas: la Atenas de Cuba
La provincia de Matanzas destaca por ser una de las que
ofrece un mayor número de atractivos turísticos, fundamentalmente
las tan conocidas y visitadas playas de Varadero, con sus
finísimas arenas blancas, y sus aguas cálidas y transparentes, en
las que es posible adentrarse decenas de metros sin que el agua
cubra más arriba de la cintura. El otro espacio destacado es el
complejo natural de la Ciénaga de Zapata, la mayor reserva de
humedales del Caribe, donde sobresale la Boca, con el mayor
criadero de cocodrilos de América Latina, los refugios
internacionales de fauna de La Salina y Santo Tomás, y La Laguna
del Tesoro, donde tienen su hábitat los rarísimos manatí y
manjuarí, dos especies de vertebrados acuáticos en peligro de
extinción. Para los que acuden a Cuba en busca de paz y salud,
están los balnearios de San Miguel de los Baños, con sus afamadas
aguas medicinales. Y para los fervorosos de la Revolución y su
historia, el Museo de Playa Girón, en la población del mismo
nombre, que recoge pasajes del enfrentamiento que se produjo en
abril de 1961 entre el ejército revolucionario y tropas
mercenarias anticastristas provenientes de los Estados Unidos.
La ciudad de Matanzas se halla asentada a la orilla de una bahía
de aguas tranquilas en la desembocadura de los ríos Yumurí, San
Juan y Canímar, lo que ha obligado a la construcción de numerosos
puentes para poder desplazarse entre sus diferentes barrios, y por
los que hoy circula un incesante tráfico, diverso y muy ruidoso.
Sus orígenes históricos están ligados directamente a Canarias.
Cansado de los ataques de los piratas franceses y holandeses, que
saqueaban una y otra vez el primitivo puerto de Matanzas,
llevándose el oro que transportaba hasta España la Flota de la
Plata, el rey Carlos II envió en 1963 a un grupo de 30 familias
canarias, que cumplieron el encargo de refundar la ciudad, a la
que dieron el nombre de San Carlos y San Severino de Matanzas. Hoy
sus nombres figuran en una placa de bronce situada cerca de donde
se supone iniciaron su aventura colonial.
Con el paso del tiempo, la ciudad se hizo próspera y culta, hasta el punto de que durante su época dorada, en la segunda mitad del siglo XIX, se la conocía con el sobrenombre de la Atenas de Cuba, debido al gran desarrollo cultural que tuvo el territorio, producto de un notable desenvolvimiento económico, aparejado a lo social, educativo y cultural. El detonante de este auge de la cultura fue la introducción de la imprenta, que posibilitó la publicación a nivel nacional de periódicos, libros y folletos, entre ellos “El Periquito”, la primera revista para niños de Cuba. La construcción del Teatro Sauto, a imitación de la Escala de Milán, del Liceo y de la Biblioteca Pública, facilitó el surgimiento de tertulias literarias, y grupos musicales, de teatro y de baile, que servían de disfrute a una oligarquía culta y elitista, sustentada en gran parte por el trabajo de los esclavos, que aún en esos años constituía más de la mitad de la población en algunos lugares de la provincia.
El peso de la cultura africana en Matanzas, y del mestizaje que se produce a lo largo del tiempo, es tan importante que hoy constituyen señales punteras de su identidad la presencia de ritos religiosos ligados al animismo y la santería, y la existencia de grupos musicales que conservan la esencia de los sones ancestrales de las tribus africanas. Y del natural proceso de fusión musical entre lo blanco y lo negro que el paso de los años se ha encargado, han surgido aquí ritmos ahora tan cubanos como el danzón, el mambo y el chachachá.
Son datos, que contados con otro tono y otras palabras, va desgranando el verbo fácil de José Sosa, profesor de historia con el que trabo conversación cuando, bromeando, se acerca a mí para venderme la ceiba de la plaza de la catedral de San Carlos Borromeo, que yo contemplo con admiración, y que ahora continuamos desde la terraza del Café Atenas, mientras observamos la representación de canto y danza que, en los cercanos soportales del Museo Provincial, realiza el grupo Afrocuba, como parte de la programación diaria dedicada a los escasos turistas que se detienen más allá de unas horas en esta ciudad. Los bailarines se mueven agitadamente luciendo sus coloridas vestimentas, mientras suenan fuerte los tambores con su hipnotizante ritmo y el solista canta con voz ronca: “Kímbara, kimbara, kimbakimbambá…”.
Estamos en uno de los puntos calientes del centro histórico de la ciudad, pues aquí se encuentran los restos de la antigua Plaza de Armas, el Teatro Sauto, El Palacio de Justicia y el Parque de Bomberos. El otro, solo unas cuadras más allá, gira en torno al Parque de La Libertad, una amplia plaza dedicada hoy a José Martí, el “Apóstol de Cuba”, y en cuyo entorno se hallan edificaciones importantes de gran belleza, entre los que destaca, especialmente por su contenido, el Museo Farmacéutico, los restos de una de las más farmacias más grandes y surtidas de Cuba, fundada por un francés que acabó “donándola” a la Revolución en 1964.
Para ir hasta la casa de José, cuya invitación no puedo dejar de aceptar, hay que cruzar el Puente de La Concordia, y aunque la distancia no es larga, la tarde está en su infancia y el sol en su apogeo, de modo que alquilamos un “almendrón”, un antiguo y poco cuidado Chevrolet del año 1960, que más que un coche parece un portaviones, y que su chófer conduce como si fuese un blindado, tales son los respingos y bandazos que da el vehículo. En la frescura del patio, el profesor diserta extensamente de José María Heredia, de José Jacinto Milanés, de José White, y de tantos héroes literarios de la época dorada, pero también de los mil y un hombres de la Independencia y la Revolución, para acabar diciendo: “La historia es cambio y revolución, sí, chico, pero ya hace falta que esto cambie un poco. A ver si ustedes los españoles nos mandan una “transición” como esa que ustedes hicieron cuando se les murió el dictador”.
Y como entre la charla y los tragos ya la noche casi se tumbó sobre nosotros, yo correspondo a su cortesía invitándolo a cenar en La Vigía, un antiguo edifico de la época de los ultramarinos, hoy convertido en restaurante y que conserva su original suelo de madera, totalmente ennegrecido por el tiempo y la mugre. La comida no es nada especial, como tampoco lo es la oferta: hamburguesas, cerveza, malta y refrescos. Pero lo que me cuesta, 14 pesos convertibles (unos 10 euros) es más de lo que él cobra en dos semanas de trabajo.
Por la noche asisto al Teatro Sauto. Ofrece un recital la hija de Pablo Milanés, uno de los mitos de la Nueva Trova cubana. Las estatuas de mármol del vestíbulo, y los frescos mitológicos pintados en las paredes de la platea, parecen acentuar la sensación de frescor y sosiego que me invade, mientras, finalizando ya el concierto, todos cantamos a coro con Lynn Milanés la más conocida y romántica canción de su papá: “…Yolandaaa, Yolandaaa, eternamente Yolandaaaaaa”.
