Viaje por Cuba en 10 etapas
Santa Clara: la huella del Che Guevara
La provincia de Villa Clara se encuentra en los inicios de la
región central de Cuba. La ganadería fue su actividad económica más
importante, hasta que fue sustituida por la industria azucarera, hoy
en un proceso de profunda crisis, hasta el punto en que desde hace
algunos años es más barato importar azúcar de otros países que
producirla aquí. El cultivo del tabaco aún tiene cierta importancia,
así como el de café. La actividad turística se centra en su capital,
Santa Clara, y, sobre todo, en la cadena de islotes que se
encuentran en la costa norte, un rosario de cayos con playas de fina
arena blanca y aguas transparentes que invitan al baño, el buceo y
la fotografía submarina, siendo los más nombrados Santa María, Las
Brujas, Majá, Fragoso y Español de Adentro.
Desde el triunfo de
la Revolución, su capital, Santa Clara, se halla estrechamente
ligada a la figura del Che Guevara, quien a finales del 1958 libró
aquí decisivos combates para la derrota final de la dictadura,
siendo su hazaña más destacada el asalto a un tren blindado que
transportaba armas, municiones y más de 400 soldados del ejército de
Batista, atravesando una excavadora en la vía. En el lugar en que se
produjeron los hechos se encuentra el Monumento al Tren Blindado,
donde se conservan algunos de los 22 vagones que componían el tren y
la máquina aplanadora que utilizaron los guerrilleros para cortar la
línea ferroviaria. El vínculo “guevarista” genera un importante
flujo económico a la ciudad, pues la casi totalidad del turismo que
la visita lo hace sólo por conocer los lugares y monumentos
directamente relacionados con el comandante revolucionario.
El corazón de la ciudad es el Parque Leoncio Vidal, una bonita plaza sombreada, con un esbelto quiosco en su centro, y muchos bancos donde la gente descansa y conversa animadamente, mientras toman helados o refrescos de soda. A su alrededor se encuentran algunos de sus edificios más emblemáticos: el imponente Teatro La Caridad, construido en 1885 y en el que cantó Enrico Caruso durante su famosa gira por Cuba; la llamada Casa de la Ciudad, una hermosa vivienda de 1860; el Museo de las Artes Decorativas, una soberbia casa colonial de inicios del siglo XIX, que acoge una plétora de muebles y enseres de la época, muchos de ellos donados por la escritora Dulce María Loynaz; y, aunque mucho más reciente y de un estilo constructivo poco acorde con el resto, el Hotel Santa Clara, último refugio de los francotiradores durante el proceso revolucionario, en cuya fachada pintada de verde pueden verse aún los impactos de los proyectiles disparados contra ellos.
Muy cerca del parque se encuentra el Bulevar, un paseo peatonal con mucho ambiente comercial, en el que se suceden números bares y cafeterías con terrazas muy concurridas, donde sobre todo se come pizza y espaguetis, dos de los platos más consumidos hoy en Cuba. Al igual que el parque, suele estar lleno de jineteros que, ataviados con sus tenis de marca, pantalón vaquero negro, camiseta blanca ajustada, gafas de sol, gorra o sombrero corto, y muchas alhajas de oro falso, asedian a los turistas ofreciéndoles su “mercancía”, que en muchos casos es su propia carne, alquilada por horas o por días a hombres y mujeres, pues actualmente es bastante frecuente el turismo sexual femenino y de homosexuales.
Al oeste de la ciudad se encuentra la Plaza de La Revolución, donde Juan Pablo II celebró una de las misas más multitudinarias durante su visita a Cuba. En ella se encuentra el Mausoleo de los Mártires de la Revolución, una construcción de porte soviético centrada en la figura del Che Guevara, donde se custodian celosamente los restos del guerrillero, repatriados desde Bolivia el 17 de octubre de 1997. En el pedestal que soporta su estatua puede leerse su famosa frase: “Hasta la victoria siempre”.
Después de un largo paseo por estas calles y plazas, en una bochornosa tarde donde el cielo se encapotó de nubes y unos truenos lejanos falsamente amenazaron con un agua que nunca llegó, mi primo me invita a malta y cerveza en uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad. Allí continúa dándome “la muela” revolucionaria, pues, quizá contagiado por tanto espíritu guevarista, hoy se olvidó de su atinada posición crítica. De modo que, mientras él habla y habla, yo me entretengo viendo uno de los programas de más audiencia de la televisión cubana: “Deja que yo te cuente”, un show humorístico bastante crítico con la situación actual del país. Algunos de sus chistes no los entiendo, pero con otros me río bastante. “Tú sabes qué el año pasado fue el de la Batalla de las Ideas, y el anterior el de la Revolución Energética, ¿no? Pues este año es el del Consumismo”, dice uno. Y el otro le contesta. “Sí, claro. Con “su mismo” pulóver, con “su mismo” pantalón, con “su mismo” par de zapatos…” Y, me parece a mí que, además, con su mismo sistema, su mismo gobierno y hasta su mismo Comandante en Jefe.
Al anochecer, en el patio de la casa, cuando al fin se dejó de hablar de política, se abre la botella de ron y se pone música. Desde los altavoces de un viejo radiocasete un trío canta y cuenta que “El cuarto de Tula se cogió candela, se quedó dormida y no apagó la vela…” Es la hora de bailar; es la hora de gozar. ¡Y mañana Dios dirá!
