Viaje por Cuba en 10 etapas
Sancti Spíritus: la capital de los canarios en Cuba
“La provincia de
Sancti Spíritus constituye el corazón geográfico e histórico de la
región central de Cuba, y sin duda alguna la capital de los canarios
en la Gran Antilla, tanto de los que en su tiempo hicieron su vida
en ella, como la de sus numerosos descendientes. La huella isleña es
palpable cualquier lugar, y pocos son los espirituanos que no tienen
un antecesor canario.
La mayor parte de su espacio es una
semillanura de terreno arcilloso y fértil, cerrada al sur por la
Sierra del Escambray, uno de los sistemas montañosos más importantes
del país y donde se encuentra el Parque Nacional Topes de Collantes,
con su famoso Salto del Caburní y una exuberante vegetación de
orquídeas, musgos, líquenes, helechos arborescentes, pinos y
eucaliptos. En la zona costera se halla la Península de Ancón, con
sus amplias playas y sus pequeños cayos de aguas cristalinas en las
que viven importantes concentraciones de coral negro. Destacado es
también el Valle de los Ingenios, donde se encuentran las ruinas de
las grandes haciendas azucareras del siglo XIX, entre las que
destaca la famosa Torre Iznaga, una construcción de 45 metros de
altura dividida en siete pisos que dominaba todas las plantaciones
del valle, y cuyos campanazos marcaban el inicio y el fin del duro
trabajo diario.
La capital de la provincia fue fundada por Diego
Velásquez en 1514 cerca del río Tuinucú, pero una plaga de unas
hormigas carniceras obligó a desplazarla unos años después hasta las
orillas del río Yayabo. Durante siglos la Villa era poco más que una
plaza con una iglesia hecha de tablas y guano, y unas pocas
viviendas distribuidas espontáneamente a su alrededor. No será hasta
el siglo XIX cuando la ciudad se desarrolla plenamente, surgiendo
numerosas edificaciones en las que se mezclan elementos de la
arquitectura tradicional con otros neoclásicos, al tiempo que se
construyen numerosas plazas y se empiedran sus calles. Hoy es una
urbe pequeña y tranquila, que preserva en su centro histórico una
singular muestra de arquitectura colonial, con múltiples ejemplos de
la diversidad de estilos que durante tres siglos enriquecieron su
enrevesado entramado urbano, trazado para evitar los ataques de los
piratas y filibusteros que se adentraban tan tierra adentro para
aprovisionarse de bueyes y cerdos. Sus calles estrechas están
jalonadas de casas antiguas con fachadas de colores y altísimas
rejas de hierro forjado protegiendo sus amplios ventanales.
En un día muy caluroso, pues este
verano está siendo uno de los más secos que se recuerdan en muchos años y el
agua no aparece para apaciguar al temible sol de agosto, paseo por la ciudad
partiendo del río Yayabo, allí donde lo cruza su sólido y majestuoso puente
de piedra, con sus cinco arcos que van disminuyendo en altura desde el
centro hasta las barrancas. Para lo espirituanos es el más auténtico símbolo
de la ciudad y casi un mito, pues sostienen con orgullo que en su
construcción no se empleó agua para unir la argamasa, sino grandes
cantidades de leche de vaca que era aportada por todos los vecinos.
Cerca
del puente se encuentra la Iglesia Parroquial Mayor. Sus techos de original
armadura, sus arcos de ladrillos, los alfarjes de la nave principal y la
cubierta abovedada de la Capilla del Cristo de la Humanidad conforman una
original estructura arquitectónica, siendo uno de los edificios más
sobresalientes del casco histórico. Cuco Pasamontes es el campanero de la
iglesia y el encargado de dar cuerda cada mañana al gran reloj de la torre,
que llegó a ser las más alta de Cuba. Sentado en el campanario, el viejo
sacristán me cuenta una de las muchas leyendas del templo: “Dicen que una
señora muy adinerada solía maltratar a su familia y a sus esclavos; pero
llegada la hora de su muerte se arrepintió del mal que había hecho y pidió
que la enterraran en la entrada principal de la parroquia para que todo el
que entrara pisara su cadáver. Por eso desde entonces se llama la Puerta del
Perdón”.
El Parque Serafín Sánchez, que rinde
honores al gran héroe local que participara en las tres guerras de la
Independencia, es el centro de la vida comercial y social de la ciudad, pues
en él convergen sus principales calles. A su alrededor se encuentran algunos
de los edificios notables, como el Teatro Principal, el Museo Provincial o
el Hotel Plaza. En esta amplia plaza fue donde Fidel Castro habló al pueblo
el día 6 de enero de 1959, durante su marcha triunfal hacia La Habana en la
llamada Caravana de la Libertad. De una de sus esquinas parte el Bulevar,
una amplia calle peatonal, que como en otras tantas ciudades cubanas,
acapara la mayor parte de la actividad comercial. En una de sus antiguas
tiendas pueden comprarse viejos relojes de bolsillo, con sus tapas de plata
repujada y sus leontinas de cobre y oro.
Después de refrescarme y
almorzar en el Mesón de la Plaza, visito los museos, donde de modo más o
menos afortunado se trata de reflejar la historia de la Villa y las
peculiaridades de su naturaleza. El más importante es el Museo de Arte
Colonial, situado en una gran mansión de 1750 con un centenar de puertas,
donde residió la opulenta familia Iznaga. En su sala de música se halla uno
de los pianos más antiguos de Cuba, que el señor Iznaga hizo construir en
Trinidad para satisfacer el capricho de su hija, y que fue cargado a
espaldas de esclavos durante más de 70 km hasta donde hoy se encuentra.
Dicen que la muchacha al ver su regalo, dio un amplio suspiro y decidió no
tocarlo nunca: al fin y al cabo ella no sabía nada de música. El Museo
Provincial muestra en sus salas el devenir histórico y cultural de la
provincia, con colecciones de la cultura aborigen, la colonización española
y la esclavitud africana, las guerras de independencia, la República y la
Revolución. Y en el de Historia Natural se encuentran algunas colecciones de
animales disecados, así como un como un planetario con algunos recuerdos de
la conquista del espacio por los rusos.
Por la noche me invitan a la Casa de
la Trova. Hoy está llena de público, pues es víspera del 13 de agosto, un
día especial para los cubanos. En el escenario dúos, tríos y quintetos van
tocando sus canciones, mientras las parejas bailan salsa y casino en el
pequeño patio. A mitad de las actuaciones el animador anuncia el
“Pirimpimpín” y la gente grita entusiasmada. Es el momento de que los
solitarios busquen pareja. El locutor lee sus papelitos: “Me llamo Juana,
tengo 40 años, soy soltera y busco un hombre que me saque a bailar y que me
caliente la cama.” El público ruge y más de veinte voluntarios se ofrecen a
tan agradable labor. “El trovador de Taguasco busca una rubia hermosa. No le
importa que sea ella misma la que se le declare.” Gritos de las mujeres y
risas de los hombres. Y así un buen rato de música, bromas y jolgorio.
Cerveza, ron y baile, hasta que cinco minutos antes de la medianoche se pide
silencio por los altavoces. “Compañeros, mañana es el cumpleaños de nuestro
Comandante en Jefe. Cuando sea la medianoche lo vamos a felicitar y a
desearle que cumpla por lo menos otros ochenta años más.” Vivas y aplausos.
Y a las doce en punto suena el himno nacional. Todos nos ponemos en pie, y
puño izquierdo en alto, cantamos el Cumpleaños Feliz. ¡Viva Fidel Castro!
¡Viva Cuba! ¡Viva la Revolución! La gente está entusiasmada y emocionada.
Segundos más tarde una voz solitaria proclama sin mucho afán un ¡Viva Raúl!
Pero ya es tarde. Todos bebemos y bailamos de nuevo al son del “Chan Chan”
de Compay Segundo: “El cariño que te tengo, yo no lo puedo negar. Se me sale
la babita, yo no lo puedo evitar.” Beber y bailar para gozar. Bailar y beber
para olvidar.